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La Arena se vino abajo con Gilberto y Juan Luis JOSE ANTONIO EVORA A Gilberto Santa Rosa lo despidieron de pie, y con Juan Luis Guerra nadie quería sentarse. La noche del domingo fue apoteósica dentro de la Miami Arena en un sentido, el de la calidad del espectáculo ofrecido por esos cantantes. En otro fue un verdadero desastre: los anuncios de promoción del concierto indicaban que comenzaría a las 7 p.m., y a las 8:20 aún había técnicos sobre el escenario haciendo pruebas de sonido. Todo comenzó por fin a las 8:26 (¡casi hora y media después de lo anunciado!), y no precisamente con música: varios locutores de las emisoras El Zol 95 y Romance 106.7, productoras del espectáculo, se adueñaron del escenario durante varios minutos para colmar la impaciencia del público. Juan Luis Guerra es un músico fuera de serie, y Gilberto Santa Rosa otro tanto. Pero si de veras quieren hacerle honor a su bien ganado prestigio no deberían permitir que ocurran situaciones como ésta. Ninguna de las personas que abarrotó esa noche la Miami Arena fue allí en busca de otra cosa que no fuese escucharlos en vivo, y para hacerlo pagaron boletos caros. La simple idea de que haya un público dispuesto a soportar hora y media de retraso en la iniciación de un concierto, sin embargo, habla peor de ese público, capaz de aceptar semejante falta de respeto, que de los organizadores, cuya indolencia, por otra parte, rebasa todo límite. La ecuación parece obvia: si son Guerra y Santa Rosa a quienes sigue la gente, por esa gente deben ellos poner condiciones de rigor para no traicionarla. Luego de casi una hora y media de retraso, la primera en cantar fue Victoria, invitada especial de la noche. Bastaron dos números (Ya no me duele y Echale leña) para que quienes no la conocían empezaran a darle crédito a su voz y a su soltura escénica. Entre el final de su opening y la actuación de Santa Rosa --que entró muy cerca de las 9 p.m.-- volvieron a transcurrir unos cuantos minutos, pero no tantos como después, cuando el salsero puertorriqueño abandonó el escenario para dar paso al merenguero dominicano. Entonces la demora fue de nuevo tan ostensible como al principio. Santa Rosa abrió con Sólo te pido, después vino Si te dijeron (``Tú la conoces, ella es... la soledad''), y a renglón seguido Un montón de estrellas, del difunto Polo Montañez. A estas alturas ya se había establecido entre el cantante y el público esa relación que sólo consiguen los ídolos genuinos. En pleno clímax del octavo número entró a escena el flautista Néstor Torres, y juntos hicieron un espléndido mano a mano. Que el salsero boricua se presente siempre en traje habla mucho de su forma de encarar la música. No hay en él la menor solemnidad, pero de lejos se adivina cuán seriamente se toma a sí mismo. El virtuosismo vocal suele dar intérpretes valiosos, pero la obra verdaderamente grande está en la permanencia, que sólo consiguen la disciplina de trabajo y esa voluntad de rigor transparente en cada aparición suya. Cuando Guerra y la 440 llegaron, fue el delirio. El estremecimiento comenzó desde las primeras notas de A pedir su mano, estuvo en su punto más alto con El Niágara en bicicleta, y vino a ceder con Visa para un sueño, pero las tres mantuvieron a casi todo el mundo de pie. Fue al quinto número que el merenguero tomó asiento para, en palabras suyas, ``hacer unas cuantas canciones románticas''. En el repertorio de Juan Luis Guerra hay numerosas piezas que representan polos opuestos de la música popular y, por lo tanto, parecerían obra de intérpretes distintos. El, sin embargo, los reúne a todos en sí mismo, y por si fuera poco con igual maestría en la composición que en la interpretación. Dos ejemplos son La gallera, del disco Ojalá que llueva café, y Amapola, del álbum Ni es lo mismo ni es igual. La primera, que lamentablemente sólo tocó por arriba el domingo, es una especialísima joya de la música bailable. Amapola, por otro lado, tiene todo el lirismo a que puede aspirar un trovador (``De almohada la luna llena, mi vida/ y de sueño el amor mío/ y una amapola me lo dijo ayer/ que te voy a ver, que te voy a ver/ y un arcoiris me pintó la piel/ para amanecer contigo''). En la Miami Arena, otra vez, Guerra demostró que solo con la guitarra podía también mantener en vilo a miles y miles de espectadores. El dúo con Santa Rosa, a la altura de la décima y la undécima canciones de su concierto, volvió a poner en trance al auditorio. Se unieron primero en Qué bonita luna, de Antonio Cabán Vale, y luego en una salsa con la que Juan Luis aceptó el reto del puertorriqueño. Como se dice popularmente, la Arena se vivo abajo. En ese sentido, qué noche la del domingo. Ni siquiera la demora impedirá que sea memorable. |